Saltar al contenido
Constelaciones con Mari

Ejercicio de constelaciones para sanar el rechazo

Por
Publicado el · 9 min de lectura

Tres hojas de papel en el piso, una con la palabra yo, otra con la palabra mamá ubicada de costado y una tercera más atrás que dice mi vida

Este ejercicio de constelaciones familiares para sanar el rechazo te lleva unos 25 minutos y se hace con tres hojas en el piso: una para ti, otra para la persona que te rechazó (casi siempre tu madre o tu padre) y una tercera para tu vida. Lo que propone es mirar el rechazo de frente, decir lo que dolió y, después, girar hacia lo tuyo. No te pide perdonar ni volver a ver a nadie. Sirve tanto si sentiste rechazo como si eres tú quien rechaza a uno de tus padres.

¿Qué es la herida de rechazo vista desde las constelaciones?

Es la marca que deja haber sentido en la infancia que uno de tus padres no te quería como eras, o no te quería cerca. A veces fue claro: un padre que se fue, una madre que decía "ojalá no hubieras nacido". Otras veces fue más sutil, como una madre deprimida que no podía mirar a nadie o un padre que solo hablaba con el hermano mayor.

En constelaciones familiares se pone atención a una cosa que la psicología también ve. El niño casi nunca piensa "a mi madre le pasa algo". Piensa "a mí me pasa algo". Esa conclusión se queda, y de grande sigue funcionando sola.

Hay una segunda mirada, propia de las constelaciones, que a mí me ayudó mucho. Muchas veces el padre o la madre que rechaza está mirando hacia otro lado: a un hijo que perdió, a sus propios padres, a una pena que nunca pudo cerrar. No te miraba porque no podía mirar. Eso no quita lo que te dolió. Pero cambia la pregunta, de "¿qué tengo yo de malo?" a "¿qué estaba mirando ella?".

¿Cómo se nota el rechazo en la vida de todos los días?

Se nota en cosas que parecen de carácter y que, mirado de cerca, se parecen mucho a una defensa. Hacer lo que sea para que nadie se enoje contigo. Irte de una relación antes de que te dejen. No pedir nada, para no escuchar un no. Sentir que en el trabajo te tienen en cuenta "de favor".

Lo veo seguido en personas que se describen como muy independientes. Lo son, y mucho. Detrás de esa independencia suele haber una decisión muy temprana: si nadie me va a sostener, me sostengo yo.

Ninguna de estas señales prueba que haya una herida de rechazo. Si te reconoces en varias, vale la pena mirarlo. Puede ser con este ejercicio o con un profesional.

Antes de empezar

Busca media hora en que nadie te interrumpa. Necesitas tres hojas con un marcador. También un poco de espacio en el piso. Dibuja una flecha en un borde de cada hoja para saber hacia dónde mira.

No lo hagas si el rechazo vino con maltrato físico o abuso. Lo mismo si hubo abandono en los primeros años. Tampoco si estás en una crisis o si la persona murió hace pocos meses. En esos casos lo que remueve este ejercicio conviene mirarlo con alguien al lado.

El ejercicio de las tres hojas para el rechazo

Te lleva unos 25 minutos. Necesitas las tres hojas con flecha y un cuaderno.

  1. Escribe "yo" en una hoja, "mamá" o "papá" en otra (según de quién sentiste el rechazo) y "mi vida" en la tercera.
  2. Pon en el piso la hoja de tu madre o tu padre. Después pon la tuya donde se sienta verdadero hoy, con la flecha hacia donde quiera mirar. Deja la hoja de "mi vida" a un costado, sin ubicar todavía.
  3. Párate sobre tu hoja. Mira hacia la otra un minuto, en silencio. Fíjate si te dan ganas de acercarte o de darte vuelta.
  4. Di en voz baja: "Me dolió que no me miraras". Si la frase no es exacta, cámbiala por la tuya: "Me dolió que te fueras", "Me dolió que prefirieras a mi hermano". Quédate con lo que aparece.
  5. Sal de tu hoja y párate un momento en la de tu madre o tu padre. No intentes sentir lo que él o ella sentía. Solo fíjate hacia dónde mira la flecha. Si mira fuera, hacia otro lado, pregúntate qué podría estar mirando.
  6. Vuelve a tu hoja y di: "Eres mi madre (o mi padre). Yo soy tu hija (o tu hijo). Eso no cambia". Esta frase no dice que esté bien lo que pasó. Dice que el lazo existe.
  7. Si puedes, agrega: "Lo que no pudiste darme te lo dejo. No lo voy a seguir esperando". Si no puedes, di "Todavía no puedo" y sigue.
  8. Toma la hoja de "mi vida" y ponla delante de ti, del lado contrario a tu madre o tu padre. Gira tu hoja hacia ella. Quédate un minuto mirando tu vida. Ahora tu madre o tu padre quedó a tu espalda.
  9. Fíjate qué sientes con esa persona detrás. Hay quien siente alivio y hay quien siente miedo. Anota lo que sea.
  10. Levanta las hojas: primero la de tu madre o tu padre, después la tuya. Deja para el final la de "mi vida" y guárdala en un lugar donde la veas.
  11. Escribe en el cuaderno una sola frase sobre lo que te llevas.

Qué suele pasar

En el paso 4 mucha gente llora. A otros les da rabia. Las dos cosas están bien. Es la primera vez que dicen en voz alta algo que cargaban desde chicos. En el paso 8 aparece algo curioso: para varias personas, tener a la madre o al padre a la espalda da más tranquilidad que tenerlo enfrente. Es como si dejaran de vigilar si las miran o no.

Si no sientes nada, anota igual a qué distancia pusiste tu hoja en el paso 2. Eso ya cuenta algo.

El error más común

Hacer el ejercicio para que esa persona, por fin, te mire. Lo entiendo, y es probable que no pase. El ejercicio no cambia a tu madre ni a tu padre. Lo que puede cambiar es cuánto de tu tiempo y tus ganas se va en esperar que cambien.

Cuándo no hacerlo sola o solo

Si en algún paso te mareas, te falta el aire o te vienen recuerdos que te asustan, sal de la hoja. Siéntate con los pies apoyados en el piso. Ese día no sigas. Si te pasa de nuevo, hazlo con un profesional.

Pongamos que Diego, 34 años, técnico de laboratorio, siempre sintió que su padre prefería a su hermano mayor. De grande se volvió el que nunca pide nada, ni en el trabajo ni a su pareja.

Hace el ejercicio. Al ubicar su hoja la pone muy lejos de la de su padre, casi en la puerta. Cuando se para en la hoja de su padre, ve que la flecha apunta hacia un costado y recuerda algo que sabía pero nunca había juntado: su padre perdió a su propio hermano mayor a los quince años. Se queda callado un rato largo.

En el paso 8 pone su vida delante y a su padre detrás, y siente algo que no esperaba, como si alguien le apoyara una mano en la espalda. No llama a su padre. Unas semanas después, en el trabajo, le pide a su jefa un día libre que venía postergando desde hacía meses. Es algo chico, del tamaño que suelen tener estos cambios.

¿Y si soy yo quien rechaza a mi madre o a mi padre?

Pasa mucho, y no siempre se dice. A veces el rechazo es una respuesta a algo grave que pasó, y tiene todo el sentido. Otras veces es más difuso: no soportas cómo habla, cómo come, cómo trata a los demás.

Desde las constelaciones se mira algo incómodo. Cuanto más fuerte rechazas a uno de tus padres, más te atas a esa persona. Muchas veces terminas repitiendo justo lo que no soportabas de ella, o eligiendo parejas parecidas. No es un castigo. Pasa porque, para rechazar a alguien, tienes que estar pendiente de esa persona a cada rato.

Hacer el ejercicio desde ese lado no te obliga a acercarte. Puedes poner tu hoja lejos y dejarla lejos. Lo que cambia es la frase del paso 6, que en este caso cuesta más y suele ser la que más mueve. Para ver más sobre el vínculo con cada uno, están las secciones de mamá y de papá. Si lo tuyo es con tu madre, lee también cómo sanar la herida materna, y si es con tu padre, cómo sanar con papá.

¿Qué hacer en los días siguientes?

Nada especial. No llames a tu madre o a tu padre para contarle lo que viste, por lo menos durante unos días. Lo que apareció es tu mirada, y contarlo en caliente suele terminar en una discusión que vuelve a confirmar el rechazo.

Fíjate, eso sí, en las situaciones donde antes saltaba la defensa. Si en una reunión dices algo que antes te habrías callado, anótalo. Son esos cambios chicos los que muestran si el ejercicio movió algo.

Si te quedaste con ganas de seguir, prueba el ejercicio de los dos papeles para sanar con mamá, que trabaja el lugar de hija o de hijo con más calma. Para una constelación más completa sobre el tema, sigue la guía paso a paso para hacerla en casa. Y si te sirve un cuaderno con ejercicios cortos para soltar lo que cargas de tu familia, ese es Soltando Cargas.

Preguntas frecuentes

¿Sirve si el rechazo fue de mi padre y no de mi madre?

Sí. El ejercicio es el mismo; cambias la hoja de "mamá" por la de "papá". Si sientes rechazo de los dos, hazlo primero con uno y deja pasar al menos una semana antes de hacerlo con el otro.

¿Tengo que perdonar a quien me rechazó?

No. Puedes hacer el ejercicio enojada o enojado y no perdonar nunca. Lo que se busca es que el rechazo deje de decidir por ti, no declarar que lo que pasó estuvo bien.

¿Y si fui yo quien rechazó a mi madre o a mi padre?

También sirve, y es más común de lo que se dice. En ese caso el foco está en el paso 6: reconocer que esa persona es tu madre o tu padre, aunque no la quieras cerca. Eso no te obliga a volver a verla.

¿Puede hacerme mal?

Si el rechazo vino con maltrato, abandono de muy chico o violencia, sí puede remover más de lo que conviene mirar a solas. En esos casos el ejercicio va con un psicólogo al lado, no en tu sala un domingo a la tarde.

¿Cuántas veces tengo que hacerlo?

No hay un número. Con una vez puedes ver algo, y si quieres repetirlo, deja pasar un mes. Hacerlo todas las semanas suele convertirlo en una forma más de darle vueltas al tema.

Foto de Mari

Escrito por Mari

Mari escribe sobre constelaciones familiares desde lo que vivió con su propia familia. Es la autora de Soltando Cargas, un cuaderno de ejercicios para soltar lo que se hereda.

Conoce a Mari y cómo escribimos este blog

Sigue leyendo